
Los años de infancia marcan para siempre a las personas. A mí me enseñaron a caminar despacio, a no alzar la voz y a dormir siempre con un ojo abierto.
Valiente no es el que no tiene miedo, sino el que se enfrenta a él.
Mi hermana Ana solía alardear de ser la fuerte de la familia. Sus ojos oscuros enfriaban un rostro cálido y delataban un corazón impasible. La verdad es que yo siempre admiré la forma en que luchaba con su espada cuando simulábamos ser piratas o lo rápida que era cuando hacíamos carreras y acabábamos exhaustas en el suelo con el vestido arrugado y los zapatos llenos de tierra.
Era la mayor, la que siempre tenía la última palabra, la que sabía lo que había que hacer en cualquier situación. Ana sabía que yo vivía aterrorizada y parecía divertirle la idea de hacerme sufrir.
Al cumplir los seis y ocho años respectivamente, nuestros padres decidieron que ya éramos mayores para dormir solas. A mi hermana Ana pareció entusiasmarle la idea pero a mí, un miedo paralizador me bloqueó. Tengo pánico a la oscuridad.
Nunca olvidaré la primera y única noche que pasé en mi nueva habitación. Mi padre la había habilitado tras años acumulando trastos .Aunque parecía agradable, yo sentía una soledad extraña al encerrarme en ella.
Un gran ventanal comunicaba mi habitación con la de mi hermana. Las paredes pintadas con ángeles no me daban la paz que necesitaba para conciliar el sueño.
Era como si me observaran y sonrieran al saber que dormiré sola, indefensa e intranquila.
Mis pequeñas manos se juntaban cada noche a modo de rezo . Pedía fuerza y valentía a un Dios que parecía no escucharme, no entenderme y mucho menos…ayudarme.
Al lado de mi cama había una gran lámpara con una cadena de la cuál pendía un cascabel. Si quería encender o apagar la luz sólo tenía que tirar de la cadenita.
Todo empezó cuando tras leer un cuento decidí apagar la luz.
Al cabo de unos minutos creí escuchar el pequeño cascabel. La lámpara se movía de un lado a otro haciéndolo sonar. Las sábanas se enfriaron repentinamente y sentí como alguien tiraba de ellas hasta hacerlas caer al suelo.
De repente un plástico en mi rostro me impedía respirar. Bocanadas de aire caliente que no conseguía hacer llegar a mis pulmones.
Apenas un grito inaudible y dejé de forcejear. Mis manos permanecían suspendidas en el aire, sujetas por alguien a quién no podía ver.
Sólo varias voces me rodeaban y susurraban entre sí.
Mi madre entró de repente en la habitación, encendió la luz y todo pareció volver a la normalidad. Las sábanas bien colocadas en mi cama, la lámpara quieta y todo en silencio.
Sólo mi rostro blanco y desencajado alertó a mi madre , a quién di un desesperado abrazo tras contarle lo ocurrido. Evidentemente no me creyó, pero me vio tan aterrorizada que no me quiso obligar a quedarme allí.
Desde el otro lado de la ventana Ana me miraba con el ceño fruncido, temiendo lo que iba a ocurrir. A partir de esa noche volvería a compartir habitación con ella.
Ana tampoco me creyó. Sabía que yo era muy asustadiza y eso en el fondo le divertía. Ella no temía a nada. De hecho, entró varias veces en mi antigua habitación, apagó la luz y gritó como si alguien le estuviera haciendo daño para mofarse de mí.
Durante las siguientes semanas tuve que acceder a sus chantajes para poder dormir con ella. El juego preferido de Ana era el “ Enciende y apaga”.
Consistía en que yo tenía que entrar en la habitación, cerrar la puerta, bordear la cama y tirar de la cadenita para encender la lámpara. Girarme para saludar a mi hermana que me observaba desde la ventana, volver a apagar la luz y salir despacio d la habitación. Si corría o gritaba me obligaba a repetirlo todo de nuevo. Una de las veces acabé el juego y volví a nuestra habitación .
Al darme la vuelta observé aterrorizada el rostro de varias niñas observando desde el otro lado del cristal. Me miraban furiosas, como si desde dónde estaba no pudieran hacerme daño. Ana no podía verlas, porque no las temía supongo, pero eran reales, eran seis o siete niñas encerradas en esa habitación esperando a que vuelva entrar para acabar conmigo.
Esa fue la última vez que jugamos.
Pasaron los años. Ana se casó y yo decidí marchar a estudiar a las afueras. Con el tiempo, aprendí a que todo lo que sentimos no tiene por qué ser real. La fantasía de un niño puede llegar muy lejos y hacer mucho daño sin apenas darnos cuenta.
Fue durante una de las visitas a casa de mis padres cuando vi que nada de lo vivido en la infancia fueron imaginaciones mías. Mi antigua habitación ya hacía tiempo que había vuelto a ser un viejo trastero y ya nada extraño parecía enturbiar el ambiente. Entré despacio, de puntillas y en silencio, como me había enseñado Ana.
Me acerqué al ventanal y allí lo vi claro. Los recuerdos se difuminan pero las marcas siempre quedan, como los múltiples arañazos que vi en la madera y las marcas de manitas en el cristal del ventanal de mi antigua habitación